La separación y el nuevo comienzo.

Hay un hermoso poema de John Lennon que en un fragmento dice “…Nos hicieron creer que cada uno de nosotros es la mitad de una naranja, y que la vida sólo tiene sentido cuando encontramos la otra mitad. No nos contaron que ya nacemos enteros, que nadie en la vida merece llevar a sus espaldas la responsabilidad de completar lo que nos falta…”.

De alguna manera, la separación es esa dicotomía entre el “para toda la vida” y el “hasta aquí hemos llegado”. No obstante, sostener una relación cuando la agonía parece no tener retorno es definitivamente devastador. Así es que, aunque en muchos casos la separación resulta una experiencia emocionalmente desestabilizadora -sea cual sea la causa-, la mayoría de las veces se trata de una decisión mucho más saludable que la de seguir juntos “a pesar de”.

Aún así, mantener la decisión, aceptar y afrontar una nueva etapa muchas veces se nos vuelve cuesta arriba; es que se ha compartido tanto, se piensa parecido en tantas cosas, se han descubierto tantas nuevas formas de hacer de a dos, que cuesta mucho entender que el final es la mejor opción.

La separación: un nuevo comienzo y un viaje al reencuentro con nosotras mismas.

De alguna manera, porque ninguna relación en la vida tiene tantos aspectos en común como la relación de pareja: hijos, familias, amigos, patrimonio, proyectos y más; por ello, resulta tan especialmente complicado vivir la separación con cierta dosis de tranquilidad y objetividad. De hecho, lo común es que pasemos de un estado emocional a otro y en cuestión de microsegundos: del enfado extremo a la culpa unilateral; de la negación compulsiva a la aceptación sumisa y/o del miedo irracional a la autoconfianza desmedida.

Ahora bien, tú, aquí y ahora, tómate un respiro y piensa un momento: ¿cuánto hace que no haces lo que te gusta porque tu pareja lo veía como una pérdida de tiempo? ¿Cuánto llevas sin tomar tus propias decisiones sola, sin tener que “negociarlas” o consensuarlas con tu pareja? ¿Cuánto tiempo has postergado ese proyecto personal por falta de tiempo (y de aprobación)? ¿Cuánto hace que no piensas en ti y sólo en ti? ¿Cuánto hace que no te tomas un café contigo?

Legitimar los sentimientos y comunicarlos es un gran primer paso.

Visualizarte, sentirte y entenderte en este nuevo estado individual puede resultarte complejo al principio, sobre todo porque no puedes dejar de plantearte algunas retóricas recurrentes que responden a tu estado de aparente vulnerabilidad; por ejemplo: qué pasará con los niños, cómo será tu nueva realidad económica y/o cómo reaccionarán los amigos que tienes en común con tu pareja, tu familia…

¿Excusas? ¿Estrés? ¿Terror a equivocarte? ¿Prejuicios? ¿Miedo al qué dirán?

Como hemos mencionado, no podemos hablar de una separación, ruptura o divorcio saludable si no legitimamos lo que sentimos, si no ponemos nombre y apellido a cada duda, inquietud y miedo que surgen en esta nueva etapa. Cuando expresamos y hacemos consciente todo aquello que nos hace ruido -sea lo que sea y por más mínimo o absurdo que parezca-, podemos empezar a ser realistas, a ser más valientes, a conocernos más y mejor y a trabajar sobre un territorio mucho más cierto.

Transitar este camino y reinventarnos en nuestra nueva versión en singular no es tarea fácil, por ello, son muchas las personas que acuden a nosotras para tener una guía profesional para llevar adelante la separación. Si bien cada mujer es un mundo y cada situación tiene sus particularidades y sus complejidades, en la mayoría de los casos ellas mismas terminan descubriéndose y sorprendiéndose de todo el potencial personal que tenían “anestesiado”.

Proceso de acompañamiento individual en meseparo

Con metodologías como el coaching por valores y la valoración de las 24 fortalezas de la Psicología Positiva, hemos diseñado este proceso de acompañamiento en cuatro fases fundamentales que, entre otras cosas, incluyen:

  1. Definir claramente sobre la situación a decidir: ¿Por qué y para qué separarme?
  2. Clarificar valores: ¿Qué aspectos son los que más valor tienen para mí? ¿Con qué situaciones sé que podré y con cuáles sé que se me hará cuesta arriba?
  3. Identificar alternativas: ¿Cuáles son mis prioridades en esta situación? ¿Cuáles son las alternativas posibles para solucionarlas? ¿Hay posibilidades de consenso? ¿Quiero el consenso?
  4. Establecer un plan estratégico para la toma de decisiones. ¿Qué limitaciones tengo en tiempo, autonomía, recursos y dinero? ¿Seré capaz de manejar mis emociones frente a las distintas situaciones venideras? ¿Intuyo alguna situación que será particularmente difícil de afrontar? ¿Estoy preparada?

Sólo la indecisión crónica es mala. La indecisión nos puede ayudar a clarificar nuestras creencias y valores, haciéndonos madurar. Dudar nos puede llevar a analizar mejor nuestras alternativas, los pros y los contras, nuestras amenazas y nuestras fortalezas”. Cuca Vinaixa.

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