Vivir ligero de equipaje

Seguro que con la llegada del buen tiempo habréis repetido la rutina de todas las estaciones: sacar la ropa de invierno, limpiarla y recogerla convenientemente hasta la llegada del otoño; al mismo tiempo, pies en la escalera, hemos abierto altillos, cajas y trasteros para airear y recolocar al alcance de la mano camisetas, chanclas y trajes de baño.

Inevitablemente todos los años hago la misma reflexión: “tengo demasiada ropa; entre la que me va pequeña y no tiro por el por si acaso, la que ya no está de moda, la que ya es demasiado atrevida para mi edad…” Y así inevitablemente, todos los años, me hago la misma promesa: “Este año no necesito nada, It is quite simple”.

Cuando me separé tuve que pasar por dos “limpiezas” vitales al mismo tiempo, por un lado vacié la casa de mis padres, recientemente fallecidos, y por otro vacié mi vida y mis recuerdos de todo lo que aún me unía a mi ex.

En esos momentos te das cuenta de cuantas cosas acumulamos y cuantas son absolutamente prescindibles. Incluso lo que te parece más necesario, ropa básica, libros, fotografías o regalos personales, dejan de tener sentido separados de los recuerdos y emociones que les dieron esa etiqueta de imprescindible: aquel cuadro que compramos en Amsterdam la primera vez que pudimos viajar al extranjero, el primer bolso caro que me regaló unas Navidades…

Y no solo por el hecho de que a veces creemos que las cosas nos dan la felicidad, sino simplemente que basamos la felicidad en cosas, no en momentos.

Otro detalle que me ha hecho reflexionar estos días: recientemente pude asistir al concierto de Bruce Springteen en Barcelona.  La magia del cantante y del momento nos envolvió al instante de su salida al estadio y, sin embargo, cientos de personas dedicaban más tiempo a sacar fotos y videos que a dejarse llevar por la música, como si la luz, el sonido, el escalofrío pudieran plasmarse en una imagen aunque sea en full HD.

Cíclicamente salen artículos reflexionando sobre la necesidad de resetear nuestra vida hacia un modelo más sostenible y ecológico, más en equilibrio con el medio ambiente. Dicho en castellano antiguo vivir de una forma más austera y contenida.

Parecía que la crisis nos había obligado a la fuerza a reducir el consumo y porque no, el derroche y el malgasto. Pero como, antes muertos que sencillos, la nueva moda del “hipsterismo” ha cambiado el fastfood del consumo por el consumo en un cuidado mercado selectivo, más caro y orgánico.

Y volviendo al momento del expolio de los recuerdos que se producen en una separación me he dado cuenta de una cosa, nada de lo que dejas atrás te hace realmente falta, no hay nada que quieras volver a releer, ninguna foto que quieras volver a mirar ni ningún mueble que eches en falta de los que no te tocaron en el reparto.

Y es que, al final, palabras como desprendimiento, sencillez o simplicidad toman nuevo significado en una nueva vida cuyo valor está en quien te acompaña y no en lo que te acompaña. Una vida donde “lo menos es más” y donde la felicidad no la dan las cosas que acumulas sino las experiencias, las personas y los valores que atesoras.

Y para reflexionar esta semana os lanzo esta pregunta, ¿Cuánto necesito para vivir? Seguro que si profundizas en la respuesta te sorprenderás. A ver si cuando guardemos la ropa cuando vuelva a llegar el frio nos sobra espacio en el armario. Será el resultado de haber ganado en sabiduría y desprendimiento.

¡Feliz semana!

El dinero es un buen servidor pero un mal amo” Francis Bacon

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